jueves, 9 de junio de 2011

Artículo en Revista BCV 2-2010

La Economía Política del Petróleo en Venezuela

Carlos Mendoza Potellá
La renta petrolera:
Génesis y fundamento de la formación social venezolana en el Siglo XX:

La categoría renta de la tierra, cuya conceptualización, en la versión marxista, es la misma que la de los beneficios e intereses: plusvalía creada por el trabajo, de la cual se apropia, en este caso, el propietario de la tierra, tiene una expresión particular, pero de su misma naturaleza, en la renta petrolera.

Apelemos a la reseña y cita que hace nuestro ilustre colega, el doctor Bernardo Ferrán sobre la visión marxista:

En lo que concierne a la renta de la tierra, Marx distingue diferentes tipos. Y la renta de las minas se ajusta a las mismas leyes de la renta diferencial agrícola. De hecho, la renta diferencial se presenta en todas partes.  “Donde quiera que las fuerzas naturales son monopolizadas y aseguran al industrial que las emplea, una ganancia excedente, ya se trate de un salto de agua, de una mina rica, de aguas abundantes en pesca o de solares bien situados, nos encontraremos que la persona que por su título sobre una porción del planeta puede alegar un derecho de propiedad sobre estos objetos naturales, se apropia de esta ganancia excedente y se la sustrae al capital activo en forma de renta”.[1]

Las condiciones de monopolio universal establecido desde finales del Siglo XIX por las corporaciones norteamericanas e inglesas y su afianzamiento a partir de los años 20 del Siglo XX crearon un inmenso mecanismo planetario de apropiación de la renta generada por los hidrocarburos en perjuicio de los países bajo cuyo subsuelo se encontraba esa riqueza que se liquidaba.
En una obra dedicada específicamente a esta categoría, Jean Pierre Angelier, define así a la renta petrolera.

… la renta petrolera, en sí misma, está constituida por plusvalía originada en esferas de producción distintas de la industria petrolera y realizada en la venta de los productos petroleros.

Pero la renta petrolera no está únicamente constituida por la ganancia extraordinaria del capital petrolero. También incluye el ingreso de los agentes no productores que participan en la actividad petrolera: los Estados petroleros y los Estados consumidores … [quienes] … pueden beneficiarse con dichos ingresos gracias al poder monopólico que detentan, ya sea en el nivel de la propiedad de los yacimientos, o en el mercado de los productos refinados. [2]

Aunque la calificación de “agentes no productores” aplicada a los “Estados productores” no se corresponde con la realidad contemporánea, cuando esos Estados han asumido directamente la gestión de sus industrias, es evidente que el reparto de la renta petrolera es la base del modo de articulación existente entre los agentes económicos, nacionales e internacionales en conflicto,  dentro y fuera  de la industria petrolera venezolana.

Abordamos el análisis de ese conflicto partiendo de las definiciones de lo que consideramos como forma y contenido en la lucha por la apropiación de la renta petrolera, en la evolución de las relaciones entre el Estado y las distintas clases sociales venezolanas con las compañías petroleras internacionales, materializada esa evolución en la dinámica de la economía y política petrolera venezolana desde principios del Siglo XX hasta el presente.
  
Definimos como forma, a los instrumentos jurídicos, contractuales y reglamentarios con arreglo a los cuales se otorgaban y recibían las concesiones hasta 1976, y aquéllos que posteriormente, y hasta 1999, determinaron el funcionamiento de la cúpula gerencial de la industria petrolera venezolana como una ‘compañía anónima’ que podía pactar convenios de asistencia técnica y comercialización, asociaciones estratégicas, convenios operativos y otras formas de asociación, a espaldas de los poderes públicos, atribuciones que la convirtieron en una entidad para-estatal, semiautónoma. Desde el último año mencionado, y partiendo del establecimiento de una nueva Constitución Nacional, está surgiendo, y se sigue conformando todos los días, una nueva forma, que también corresponde al nuevo contenido de la política petrolera en la última década.

Por otra parte, entendemos como contenido, esencia real del movimiento que analizamos, a la resultante del conjunto de factores de poder e intereses que ejercen sus fuerzas en uno u otro sentido en cada oportunidad y determinan el verdadero carácter de las relaciones Estado – capital petrolero internacional, a sus resultados en términos de usufructo de beneficios y de control de las decisiones en la industria petrolera; determinación que se ha impuso siempre, durante todo el siglo pasado, independientemente del cascarón legal correspondiente, bajo su cobertura si es posible, retorciéndolo convenientemente en otras oportunidades o, en último caso, ignorándolo, a favor de ese capital

Y es que el contenido de esas relaciones en ese lapso no ha sido otra cosa que una forma particular de expresión de las múltiples contradicciones que se generan dentro del capitalismo, entre los diferentes factores de poder e intereses políticos y económicos: entre Estados centrales y periféricos (en la nomenclatura de nuestros teóricos del subdesarrollo en los años 60), entre el capital industrial y el financiero a nivel global, entre los Estados en general y las grandes corporaciones (antes simplemente internacionales, ahora transnacionales).   

Aunque no creemos que sea posible reducir la complejidad de estas realidades a esquemas estáticos, para fines expositivos utilizamos la nomenclatura propuesta por Petter Nore y Terisa Turner en la introducción de su recopilación “Oil and Class Struggle” (1981), donde identifican cinco dimensiones, cinco formas de manifestarse las contradicciones en la industria petrolera a nivel mundial. Su esquema de “dimensiones de la lucha de clases en la industria petrolera” nos permite precisar el campo en el que ubicamos nuestro análisis.

La primera de estas dimensiones es la del “antagonismo existente entre las burguesías nacionales e internacionales, representadas respectivamente por los Estados-Nación y las compañías petroleras”

Nuestro análisis se va a centrar en esta dimensión y las referencias a las otras cuatro se harán siempre en función de su incidencia en este ámbito particular, pero es indispensable mencionarlas y asumir su existencia como parte indisoluble de la compleja realidad que estudiamos. En el orden expuesto por los mencionados autores, esas otras dimensiones serían:

·        Las contradicciones en el propio seno de la industria entre el capital y los trabajadores petroleros.

·        Las contradicciones entre clases y fracciones por el control del poder estatal en el seno de los países productores.

·        La lucha entre clases explotadas y explotadoras, tanto en estos mismos países como a nivel internacional.

·        El antagonismo entre fracciones de la propia burguesía internacional basada en los principales países industriales.


Estas cinco dimensiones agregan un sentido más preciso a la múltiple determinación de los factores que inciden en la evolución de la industria petrolera, nacional e internacionalmente. Pero es indispensable aclarar, por nuestra parte, que al ubicarnos en la dimensión que hace referencia al antagonismo entre el Estado y el capital petrolero internacional no asumimos la identificación del Estado-Nación con la burguesía nacional que se desprende de la formulación citada y que a nuestro entender peca por excesivo esquematismo, simplificador de una realidad mucho más compleja, en todos los casos y en particular en el venezolano.

En este sentido, compartimos las formulaciones que sobre esa complejidad hiciera el investigador mexicano Marcos Kaplan, que ejemplificamos con una sintética referencia:

La llamada infraestructura, las fuerzas productivas y las relaciones de producción, son base y marco de lo que ocurre en los otros niveles y aspectos de la sociedad; en la política, el Estado y el derecho; en la organización y funcionamiento del sistema global y de su evolución histórica; ejerce sobre unos y otros condicionamientos y determinaciones; contribuye a engendrarlos, como sus productos que no pueden desarrollarse sino dentro de los límites fijados por los caracteres y tendencias de lo infraestructural. Ello no ocurre sin embargo de manera automática, mecánica, inmediata, sino, en última instancia, en grandes líneas y alargo plazo.[3]

En nuestro país el control del Estado no ha sido detentado exclusivamente por la burguesía y en los años iniciales de su historia petrolera ni siquiera existía una clase que mereciera tal denominación.

El proceso de conformación de una burguesía nacional y su lucha por participar y hegemonizar el control del Estado en Venezuela es coetáneo con la implantación de la industria petrolera como generadora fundamental de los ingresos externos del país.

En muchas oportunidades la política petrolera viene a ser, también, reflejo de esa pugna por el control del Estado nacional entre clases y sectores de clases y a ella haremos referencia en el transcurso de nuestra exposición.

 Es pertinente señalar que nuestro enfoque parte de la concepción global que sustentamos sobre el contexto socio-económico contemporáneo y la situación de Venezuela dentro del mismo como país capitalista subdesarrollado, petrolero-dependiente, caracterización sobre la cual hay discusiones y matices desarrollados por varios autores, pero en torno a los cuales no vamos a insistir.

En particular, compartimos la formulación del Profesor Francisco Mieres, quien postuló una interpretación de la estructura del sistema capitalista mundial, considerándolo

1) Como conjunto de Naciones-Estado o formaciones económico-sociales nacionales en las que el modo de producción capitalista es dominante, organizado como ente bipolar con un centro dominante y una periferia subdesarrollada.

2) Como formación económico-social única mundializada, transnacional, compleja y heterogénea, donde el modo capitalista domina sobre otras formas económicas secundarias. El proceso mundial de acumulación, concentración y centralización de capital, eje dinámico, condujo a la cúpula de la dominación y explotación, primero, a los monopolios internacionales. [4]

En lugar de relaciones entre naciones, tenemos aquí relaciones entre clases sociales y grupos económicos, a nivel trans-nacional, más allá de los intereses nacionales de sus respectivas clases enfrentadas internamente.

Estas características del sistema capitalista mundial se han acentuado, como se sabe, con los procesos de globalización y la preeminencia del capital financiero y ficticio,  sobre el capital industrial.

De las concesiones a la “apertura petrolera”, evolución e involución de la política petrolera venezolana.

La expresión concreta de la política petrolera venezolana en el Siglo XX tuvo un ilustre fundamento histórico, anterior al uso de los hidrocarburos como combustibles masivos: el decreto emitido por el Libertador Simón Bolívar, como Presidente de Colombia desde Guayaquil, provincia de Quito, en 1828, donde se establece que los derechos soberanos de la corona española sobre el subsuelo y las minas de cualquier clase, pasarían desde ese momento a ser derechos de la República Colombiana. A pesar de intentos en contrario que no es del caso relatar aquí, desde 1830, al producirse la disolución del proyecto colombiano, esos derechos soberanos pasan a ser, en su territorio, potestad de la República de Venezuela.

De tal suerte que “Concesiones” y “Regalías”, fueron figuras legales preexistentes a los primeros hallazgos de hidrocarburos en nuestro suelo, en 1866 y 1878. El régimen concesionario tuvo su infancia, desarrollo y declinación desde entonces y hasta 1976.

Las incidencias de esa historia han sido expuestas por ilustres cronistas y protagonistas, como Salvador de la Plaza, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Manuel Egaña, Rómulo Betancourt, Rubén Sader Pérez, Pedro Esteban Mejías, Edwin Lieuwen, Francisco Mieres y Gastón Parra Luzardo, para citar sólo algunos ya fallecidos. Nosotros nos limitaremos a señalar el proceso general de evolución de la lucha por el reparto de la renta petrolera en esas décadas, fundamentalmente desde 1920 y hasta 1976.

Una caracterización aparte merecen, tanto el régimen que  imperó en la industria petrolera venezolana  a partir de este último año y hasta 1999, así como las radicales transformaciones que desde entonces y hasta el presente han conducido al rescate de una justa participación nacional en el reparto de los beneficios de la liquidación de nuestro principal patrimonio natural no renovable.

Señalamos especialmente a 1920, como el año en el que se formuló por primera vez una Ley de Hidrocarburos, donde se regularon de manera completa y detallada todos los aspectos de la industria y quedó plasmada, por muy poco tiempo y para la historia, una posición nacionalista, que correspondía a los intereses de las clases que se disputaban el control del Estado venezolano en ese momento: la de los grandes propietarios latifundistas que todavía establecían relaciones de producción semifeudales en el campo venezolano y la de la incipiente burguesía nacional, que aparecía al calor del aprovechamiento de la escuálida participación del Estado venezolano en la renta generada por la explotación petrolera.

Es precisamente la voluntad de aumentar esta participación la que queda reflejada en esta Ley, muerta al nacer, pero que prefiguró la estructura que tendrían todas las que le siguieron, hasta 1943 y más allá, con las sucesivas modificaciones de esta última.

En 1976, la “nacionalización petrolera” fue la conclusión, entre otros desarrollos, de un largo y conflictivo proceso de agotamiento del patrón normativo formal de las relaciones entre el Estado venezolano y las compañías extranjeras concesionarias; es decir, del conjunto de estructuras legales y reglamentarias en el marco del cual se desarrollan esas relaciones.

Ese agotamiento se venía haciendo crítico en la medida en que nos acercábamos a 1983, año en el cual, por virtud de la Ley de 1943 se iniciaría el vencimiento y por ende la reversión de las concesiones de hidrocarburos, sin que para esa fecha estuviera prevista entonces una alternativa clara para el ulterior desarrollo de la industria petrolera bajo control transnacional, cercada por la norma que Juan Pablo Pérez Alfonzo logró insertar en la Constitución de 1961, la cual establecía el no otorgamiento de nuevas concesiones y el voluntario enanismo en el que fue mantenida la Corporación Venezolana del Petróleo durante sus quince años de existencia.

Tal dilema tenía soluciones divergentes perfectamente identificables: Una, "subversiva" a los ojos del status y lesiva de las reglas del juego impuestas por la "buena vecindad", era la preparación del país para asumir plenamente el control de su industria. Esta opción, defendida por los sectores de avanzada del país, en especial por verdaderos profetas en el desierto de la talla de Salvador de la Plaza, fue delineada en términos de posibilidad realizable incluso para gobiernos no necesariamente revolucionarios por Juan Pablo Pérez Alfonzo, al postular, dentro de su "Pentágono Petrolero", junto al principio de “no mas concesiones”, la creación y desarrollo de la CVP.

 Pero esa posibilidad fue eludida, ignorada e incluso desnaturalizada con la negociación de unos Contratos de Servicios que, como lo demostraran en su oportunidad diversos analistas, no eran otra cosa que concesiones disfrazadas para burlar el principio constitucional que prohibía nuevos otorgamientos de las mismas.

La segunda de las opciones a que nos referimos es, desde luego, la propiciada por las compañías y sus voceros en FEDECAMARAS, quienes consideraban que el principio de "no más concesiones había colocado a la industria petrolera en un curso de declinación"

Los esfuerzos de este sector se van a encaminar a la búsqueda de una alternativa cónsona con la preservación de su participación privilegiada en el negocio. Una nueva fórmula de asociación dependiente con el capital transnacional que incorporara algún maquillaje renovador era la solución más "saludable", si se miraba con los ojos geopolíticos de sus proponentes criollos.

Los Contratos de Servicio se van a convertir en el primer ensayo de esa fórmula alternativa y preservadora de la buena salud del negocio. El largo debate en torno a estos contratos y su ulterior frustración vienen a constituir una expresión de la confrontación entre las dos opciones mencionadas; confrontación alrededor de la cual gira la política petrolera en todo el Siglo XX: con marchas y contramarchas, pero con el predomino a la larga de los sostenedores de la asociación incondicional con el capital petrolero internacional.

La puesta en escena definitiva se produjo en 1976, año en el cual la “nacionalización”, evento culminante de esa política petrolera, plasmó, en realidad, el estado de las fuerzas de estas dos posiciones y, no siendo una excepción de la tendencia secular, también en esta oportunidad triunfó el partido de la asociación transnacional.

De una manera tal que, al cabo de un forcejeo trascorrales, la nacionalización viene a ser convertida en su opuesto: un pacto laboriosamente trabajado que propiciará el mantenimiento y la ampliación, en extensión e intensidad, del control transnacional sobre el petróleo venezolano.

El instrumento fundamental para la obtención de tan paradójico resultado de una nacionalización fue el bloque de convenios firmados tras bastidores mientras se discutían públicamente los términos de la "Ley que Reserva al Estado la industria y el comercio de los hidrocarburos". Con lo que, en suma, la nacionalización resulta ser fruto de un nuevo paquete Ley-Convenios al estilo del pacto entre el gobierno de Isaías Medina y las compañías norteamericanas e inglesas que institucionalizó en 1943 el régimen concesionario.

En otras palabras, con el fin de la era concesionaria no pasamos a la era del control pleno por parte del Estado sobre su industria petrolera, sino a una nueva modalidad de relación subordinada Estado-transnacionales. Más elástica y sutil, más adaptable a la evolución de las realidades económicas y políticas contemporáneas, que manteniendo y profundizando las características esenciales de la situación anterior, fuera a la vez un cierto "aggiornamento", una puesta a tono con el signo de los tiempos que desmovilizara los sentimientos negativos que despertaba el viejo sistema concesionario. [5]

Esta nueva forma de existencia de la relación dependiente se funda inicialmente en un también nuevo tipo de contrato, distinto formalmente del contrato concesionario, pero que obtiene con más eficiencia los mismos resultados: Los Convenios de Asistencia Técnica y Gerencial y los contratos de compraventa de petróleo y productos para su comercialización internacional.  Las condiciones que quedan establecidas en todo contrato siempre están determinadas por el poder negociador de cada una de las partes y, evaluando los resultados reales de este nuevo sistema, podemos afirmar que las corporaciones petroleras transnacionales y sus asociados nativos impusieron sus condiciones a los gobernantes y principales gestores de la política petrolera venezolana.

Ello se hizo evidente y se acentuó durante los siguientes 25 años en los cuales prevaleció el poder para-estatal de los gerentes públicos de cultura y mentalidad transnacional que quedaron como herencia de las antiguas concesionarias en la operadoras “nacionalizadas” que le sucedieron y en su nueva  “casa matriz”, PDVSA.

La política de “apertura petrolera” fue la cumbre de esta involución, cuyas principales características resumimos:

El desmantelamiento de las capacidades técnicas y políticas del Ministerio de Energía y Minas como ente fiscalizador y garante de la adecuada operación y mantenimiento de los yacimientos petrolíferos, su colonización por PDVSA y  su conversión en un cascarón vacío.

El envilecimiento de todo el régimen fiscal aplicable a los hidrocarburos, con la eliminación de la figura del Valor Fiscal de Exportación, con la cual se maximizaba el Impuesto Sobre la Renta, la reducción de este rubro impositivo de 67,9  a 34 por ciento. La casi extinción de la Regalía en los convenios operativos y asociaciones estratégicas al llevar de 16,6 por ciento a menos de un 1%. Veamos sus resultados en la evolución de la alta correlación inversa de costos y participación fiscal total, desde 1976 hasta 1999, año en cual, a duras penas, ha comenzado a revertirse esa tendencia:





Añádase a todo esto la evasión fiscal a través de emprendimientos ruinosos en el exterior, con la compra de 17 refinerías en proceso de liquidación que se convirtieron, desde 1989 en receptoras de “exportación de beneficios” que retornaban convertidos en costos, al punto de que todavía en nuestros días, la compra de crudo y productos no venezolanos por estas cafeteras constituye el mayor rubro de los costos operativos totales de PDVSA, casi del 53% de los mismos. Justamente, el salto que presenta el gráfico anterior  en los costos operativos de 1989, se corresponde con el registrado ese mismo año en las compras ya referidas que se reproducen en el siguiente gráfico.

 

En este contexto, llevando a la industria petrolera venezolana a condiciones de mínima capacidad generadora de excedentes, es que se produce la campaña de la meritocracia petrolera para lograr la privatización de PDVSA, no ya por la vía indirecta, en curso entonces, del outsourcing o tercerización, las asociaciones estratégicas, los contratos operativos de ganancias compartidas, la internacionalización, etc., sino directamente, por la venta directa de un 15% del capital accionario de PDVSA o el reparto de la totalidad de ese capital entre los venezolanos mayores de 18 años, como rezaba la más antipática de las propuestas privatizadoras.

Las políticas aperturistas, privatizadoras y, en suma, desnacionalizadotas, fueron conducidas con plena conciencia de sus implicaciones: la minimización de la renta petrolera percibida por el Estado, en beneficio de sus contrapartes transnacionales y del capital privado nativo asociado a esas corporaciones. Peor aún, fueron diseñadas con ese bien definido propósito.

En efecto, esa política fue sustentada en formulaciones teóricas que planteaban la existencia de un modelo fracasado de gestión de la participación nacional en la administración de los ingresos petroleros, que conformaba una opción “rentista”, estatista y socializante, enfrentada a una política moderna, racional,  cónsona con las exigencias de la globalización, que se resumía en un escenario “productor”. [6]

Según los autores de estos escenarios, planificadores mayores de PDVSA, “rentistas” eran las políticas que postulaban la defensa de la participación fiscal, porque intensificaban la ineficiencia estatista y las distorsiones estructurales   del “capitalismo rentístico”, forma particular que asumió ese sistema en Venezuela.

Para eludir esos males, el “escenario productor”, postulado por estos planificadores y asumido entusiastamente por la cúpula antiestatal de PDVSA, sostenía que la opción racional de utilización reproductiva de los ingresos petroleros era la reinversión de la renta petrolera en la propia industria, multiplicando proyectos dentro y fuera del país, tales como los megaproyectos de la Faja del Orinoco y la compra de refinerías dilapidadas en el exterior. Proyectos inviables desde el punto de vista de la Nación, pero altamente rentables para los intereses complotados en el diseño y ejecución los mismos, quienes aportarían la capacidad gerencial del capital internacional en el manejo de esos recursos.

En otras palabras: sustraer la mayor cantidad posible de ingresos del alcance de la “garra fiscal” del Estado venezolano y dedicarlos a la siembra del petróleo en el petróleo. Para lograrlo eso y “estimular” la inversión extranjera que nos ayudaría al desarrollo de ese luminoso futuro “productor” era necesario hacer lo que hicieron en esos 25 años: desmantelar todo el sistema estatal de percepción de la renta. 



Hacia la reafirmación de la soberanía nacional sobre sus recursos naturales y la integración latinoamericana.

El hundimiento de la Cuarta República, su consunción por putrefacción, tuvo mucho que ver con los resultados catastróficos de esta política antinacional.

El advenimiento, en 1999 de un gobierno revolucionario, que fundamenta su acción en una nueva Constitución y una política de rescate de la soberanía nacional sobre sus recursos de hidrocarburos ha cambiado radicalmente la situación.

Se detuvo el proceso de privatización adelantado en los 25 años anteriores y se reformularon las bases de la política petrolera con sentido nacional y solidario, enfocados hacia la promoción de la multipolaridad y la solidaridad sur-sur.

Se desactivaron los mecanismos entreguistas de desmoronamiento de la participación fiscal nacional, restituyendo las tasas de impuesto sobre la renta a sus niveles históricos previos a la debacle aperturista de los años 90 y se potenció la regalía, al sacarla de las vecindades del 1% y llevarla hasta un 30%. Se reactivó la política de defensa de los precios y el cumplimiento de los compromisos internacionales adquiridos de manera soberana en la OPEP.

El énfasis social que se le ha dado al proceso de asignación de los ingresos petroleros ha permitido revertir la tendencia prevaleciente hasta 1998, según la cual la participación nacional se minimizaba en beneficio de unos costos que, en esencia, constituían la abusiva participación de los sectores capitalistas internos e internacionales en el reparto de la renta petrolera.

Los proyectos de desarrollo de la industria petrolera venezolana en los sectores gasífero y de la Faja del Orinoco, que constituyen los escenarios del futuro de los hidrocarburos en nuestro país, se están adelantando con una voluntad de fortalecer nuestra soberanía afincados en el establecimiento de vínculos financieros y tecnológicos multilaterales y una visión de solidaridad continental, que privilegia nuestro entorno inmediato, caribeño y suramericano, sin excluir las posibilidades de asociación con  empresas y gobiernos de otras latitudes.
Los proyectos de integración energética suramericana y caribeña que se han formulado con diverso nivel de concreción son  expresión de la voluntad política de promoción y defensa de la soberanía nacional y regional en esa materia. Se trata de una voluntad de desarrollo integral, no rentístico que prefigura la inserción de Venezuela en el tejido económico y político regional y la construcción de una colectividad de naciones con presencia global. El Acuerdo Energético de Caracas, Petrocaribe, UNASUR, la ALBA, el sistema Sucre y más recientemente el apoyo al surgimiento de la Comunidad de Naciones Latinoamericanas y del Caribe,  ejemplifican esa disposición.



CMP/Febrero 2010






[1]  Carlos Marx, El Capital, vol. II, p. 717, citado por Bernardo Ferrán, Los Precios del Petróleo, p. 286.
[2]  Jean Pierre Angelier, La Renta Petrolera,  Ed. Terra Nova, México, 1980., p. 14.
[3]  Marcos Kaplan, Estado y Sociedad, 2ª. Ed. México, UNAM 1980. Citado en el trabajo del mismo autor “El Derecho y los Hidrocarburos en la Experiencia Internacional Contemporánea”. Versión PDF disponible en Internet.
[4]   Francisco Mieres, La crisis actual del capitalismo. El impacto energético. Mimeografiado, CEAP, FACES, UCV. s.f. (aprox. 1973-76)
[5]  C. Mendoza P. “La era de los contratos”, en  De las concesiones a los contratos, visión retrospectiva de la política petrolera venezolana. Caracas 1983, inédito,  
[6]  PDVSA, Guías Corporativas 1993-1998,  C. Mendoza P. La “verdad petrolera” frente a la realidad, en El Poder Petrolero y la Economía Venezolana, pp. 87-98. CDCH UCV, Caracas 1995.

martes, 24 de mayo de 2011

O PETRÓLEO E A CULTURA VENEZUELANA

Entrevista concedida à Revista FLAMA - Liberación y Petróleo, número de abril/junho de 2011
Carlos Mendonça Pottellá
Traducción al portugués de Flavio Benedito

REVISTA FLAMA: Como o Sr. crê que o petróleo ou a exploração petroleira tem influído na cultura venezuelana, e que efeitos ou danos o Sr. acredita que tenham sido provocados no imaginário coletivo do país pela concepção e importância de uma cultura rentista petroleira?
 CMP: Esta pergunta se refere ao mundo e seus arredores... O petróleo tem sido tudo na vida dos venezuelanos do século XX, e corre-se o risco de continuar sendo a mesma coisa neste século XXI.
A resposta a sua pergunta está em uma densa bibliografia que se inicia com Labor venezolanista, de Alberto Adriani, e que tem momentos importantes em outras obras como La cultura del petróleo, de Rodolfo Quintero, e Hundiéndonos en el excremento del Diablo, de Juan Pablo Pérez Alfonzo, bem como toda a obra de Salvador de la Plaza, apenas para citar alguns autores mais conhecidos. Pretender dar resposta a esta pergunta em poucas linhas seria realmente um atrevimento irresponsável. Contudo, ela nos dá a oportunidade de alertar sobre a necessidade de resgatar todo nosso acervo nessa matéria ─ posto de lado, aliás, precisamente pelos desígnios das metrópoles capitalistas e das grandes empresas transnacionais no quadro geral definido pelo assim chamado Consenso de Washington, que foi recebido e aplicado com genuflexa complacência pelas elites governantes da Venezuela neste último quartel de século. Aproveito, por isso, para fazer algumas observações.
É já um lugar-comum afirmar que a disponibilidade de uma renda, isto é, de uma receita não gerada pelas forças produtivas internas, mas surgida da
existência, em nosso subsolo, de um produto escasso em nível mundial (conquanto absolutamente necessário para alimentar as economias do planeta) tem provocado os efeitos perniciosos que se associam ao conceito de cultura rentista. Não obstante, o uso abusivo do qualificativo rentista presta-se aos partidários do expansionismo petroleiro para que, em associação subordinada com o capital petroleiro transnacional, desacreditem a luta venezuelana por assegurar uma retribuição justa à venda de um patrimônio nacional e privilegiem uma suposta "mentalidade produtiva" que, paradoxalmente, consiste em "semear o petróleo no petróleo" e fazer-nos cada dia mais petroleiros, postergando sine die os sonhos de um desenvolvimento integral, autônomo e autossustentado, centrado nos esforços produtivos da população venezuelana nos setores agropecuários e industriais internos. Não duvido de que existam venezuelanos que considerem o caminho mais conveniente para o país o de insistir em nossa "vantagem comparativa", e que seria ótimo um destino como o de Porto Rico para acabar com a pobreza e o subdesenvolvimento.
Por isso mesmo, é necessário colocar a discussão sobre o rentismo em um contexto integral, no qual sejam julgados os valores de independência, soberania e nacionalismo, juntamente com os objetivos de desenvolvimento humano e justiça social.

RF: Por que a Venezuela, apesar dos imensos recursos petrolíferos que sempre possuiu, é incapaz de dar um salto na questão da independência econômica, no desenvolvimento e na autonomia tecnológica?
 CMP: Durante mais de um século, o petróleo vem constituindo o coração do "setor externo da economia venezuelana". Com isso, fazemos referência, por um lado, à circunstância de que a indústria petroleira implantou-se em nosso país sob o impulso e o férreo controle do grande capital petroleiro anglo-norte-americano; e, por outro lado, ao seu caráter de enclave, de feitoria colonial, geradora de imensos recursos provenientes da exportação de quase toda sua produção, sem conexões estruturais com o resto dos setores econômicos do país. As consequências negativas dessas condições têm sido motivo de intensa discussão e estudo desde a segunda década do século XX, quando nosso primeiro economista, Alberto Adriani, caracterizou-as e definiu a necessidade de utilizar os recursos advindos das exportações petroleiras no desenvolvimento dos setores produtivos internos ─ fundamentalmente, a agricultura e a indústria, elementos constituintes, para ele, do núcleo do que deveria ser uma economia geradora permanente de riquezas, em oposição ao caráter provisório de toda economia mineira e, em particular, da economia petroleira. Isso logo se converteu no conhecido lema de "semear o petróleo".
A história venezuelana do século passado está encadeada aos reiterados mas sempre incompletos e falhos intentos de tornar realidade esse lema. Juan Pablo Pérez Alfonso caracterizou esse fracasso como "o semear impossível", aludindo entre outras coisas à disposição inconsequente dos recursos petroleiros que extravasavam a capacidade de absorção do aparato econômico nacional. Apesar das advertências de Adriani, a indústria petroleira continua sendo o "setor externo" da economia nacional, geradora de uma imensa capacidade de importação e, ao mesmo tempo, uma barreira intransponível para o desenvolvimento de uma indústria e uma agricultura autônomas e autossustentadas. Por tudo isso, "semear" o petróleo constitui um desafio que os venezuelanos ainda mantemos não resolvido.
Lamentavelmente, ainda persistem no inconsciente nacional os sonhos do petróleo, alimentados pela confirmação de reservas que nos auguram uns 200 ou 400 anos entre os primeiros lugares no ranking mundial dos produtores do óleo. Nessas condições, é muito tentador entregar-se à preguiça do menor esforço e esperar, como as rãs tolas na água morna, para descobrir já tarde demais que a água está fervendo. RF: O Sr. acha conveniente que a estatal petroleira PDVSA se concentre em tantas atividades paralelas e externas à atividade central de indústria petroleira, atividades ligadas, por exemplo, ao setor educativo, produtivo e alimentício? Isso não poderia converter a PDVSA em um Estado paralelo? CMP: Este é um problema de natureza organizativa do Estado. PDVSA é, antes de tudo, o ramo operativo da indústria petroleira, encarregada da administração do negócio. Como tal, recebe diretamente os fundos que a exportação de petróleo gera e, segundo o caso, os entrega em dólares ao
Banco Central da Venezuela para que este crie os bolívares com os quais se move internamente a economia nacional, ou então os organismos, como o Fonden (Fundo de Desenvolvimento Nacional), para financiar projetos de investimento direto segundo as prioridades estabelecidas pelo Executivo Nacional. A utilização de recursos financeiros, espaços, infraestrutura e capacidades gerenciais para fins diversos dos da produção de petróleo é algo que se faculta ao Executivo e deve ser avaliada em cada caso, de acordo com seu êxito ou fracasso. Um dos critérios para essa avaliação deve ser, precisamente, o de que isso não afete a capacidade operativa da indústria em seu setor medular. Mas, isso não pode ser determinado a priori. Nem é o problema de se crer em sua conveniência: trata-se de um caminho escolhido para acelerar alguns projetos ─ de maneira fundamental, o de abastecimento de alimentos à população de menores recursos ─ que porventura não tenham o glamour das operações associadas ao uso de tecnologias de ponta nos processos de refinação ou de petroquímica, mas que constituem prioridades absolutas no contexto social contemporâneo. Uma vez que são decisões do Poder Executivo e se trata de tarefas que lhe são conferidas por uma comissão específica, isso não converte a PDVSA em um Estado dentro do Estado. Ao contrário: essa tendência existiu, de fato, no último quartel do século XX, quando as iniciativas de programas e projetos petroleiros para a liquidação do Ministério de Energia e Minas e a deterioração planejada da capacidade do Estado de perceber receitas fiscais foram engendradas pelas cúpulas de gerentes da empresa petroleira e, em seguida, consagradas pelo Executivo em cada oportunidade. RF: Em sua opinião, qual o papel que a política petroleira venezuelana deve desempenhar tendo em vista uma concreta integração da América Latina? Os povos de cada país devem participar dela? De que forma? CMP: Os hidrocarbonetos, em particular o petróleo, converteram-se, desde a segunda metade do século XX, na principal fonte energética ─ na verdade, base da matriz energética que rege o progresso social e econômico dos países do mundo, quer desenvolvidos quer em vias de desenvolvimento. O esgotamento das reservas mundiais comprovadas de petróleo, durante os
últimos anos, somado ao afunilamento que representam as relações produção-consumo e oferta-demanda, leva-nos a voltar nosso interesse para o gás como um vértice importante da matriz energética. Neste sentido, a Venezuela possui uma vantagem comparativa tanto no contexto americano como no global. O atual balanço energético latino-americano, em sua estrutura e funcionamento, está dominado pelas energias fósseis não renováveis, e é bastante provável que, por um longo período, mantenha-se o predomínio do petróleo e do gás como fontes básicas. Daí o papel da Venezuela, que oferece seus recursos energéticos (petróleo e gás), por ser um país monoprodutor de hidrocarbonetos. É óbvio que os hidrocarbonetos têm tido, nos últimos cem anos, um papel primordial de geoestratégia nas relações internacionais do mundo contemporâneo. Por isso, não é possível deixar de levá-lo em conta na hora de formular políticas de integração entre os povos da América Latina, tão necessitados agora de uma integração comercial regional aberta que nos coloque, unidos e homogêneos, diante dos grandes blocos comerciais e empresas mastodontes do comércio internacional globalizado. A América Latina, sem distinções políticas, religiosas, geográficas ou culturais de qualquer espécie, tem a imperiosa necessidade de fomentar uma integração de toda a região ─ e a Venezuela, enquanto país no qual confluem diversas características geopolíticas da região (pois é, ao mesmo tempo, caribenho e atlântico, como andino e amazônico), bem como por se encontrar entre a América do Sul e o Caribe, precisa unir seus esforços em prol dessa tão apregoada integração. Nessas circunstâncias, a Venezuela pode contribuir, de modo determinante nos processos de integração econômica, financeira, comercial e política latino-americana, para uma integração energética baseada em seus próprios recursos e em coordenação com os outros países produtores da região. Por ser o nosso país uma economia petroleira exportadora, é natural que use o petróleo como uma arma geoestratégica de integração regional.

RF: Agora que possuímos as maiores reservas de petróleo do mundo, como o Sr. vê o plano de estratégias para superar o caráter rentista da economia venezuelana?

CMP: Aqui voltamos à segunda resposta, na qual tratei das dificuldades de superar o caráter rentista de nossa economia quando o país tem diante de si a tentação de continuar sendo petroleiro por mais 400 anos. Vale a pena insistir: a magnitude desses recursos é tal que extravasa nossa capacidade de gestão e de investimento autônomo a curto e médio prazo. A tentação petroleira é um risco evidente para a soberania nacional, pois é muito simples conseguir que os grandes capitais sejam derramados no país. Basta conceder-lhes condições favoráveis e garantias de aproveitamento privilegiado de nossos recursos. Em tais condições, definir estratégias para superar o rentismo apresenta-se como uma árdua tarefa, digna de Sísifo, cujo primeiro embate será contra o senso comum petroleiro, que nos leva a glorificar esse primeiro lugar que ocupamos no ranking, e afrouxa nossas defesas a ponto de considerar o nacionalismo como um discurso atrasado, indigno da pós-modernidade que nos envolve. RF: Considerando a atual situação ecológica do mundo, quais políticas poderia a PDVSA ou o governo bolivariano implementar no que se refere à necessidade das energias alternativas e ao cuidado com o meio ambiente? CMP: Em primeiro lugar, creio que é necessário promover uma campanha nacional de conscientização sobre os riscos das compulsões produtivistas petroleiras. Em seguida, acentuar a defesa da valorização do recurso petrolífero; dar prioridade ao desenvolvimento das reservas de gás natural e substituir, de modo acentuado, o consumo interno de hidrocarbonetos líquidos; desenvolver a pesquisa científica nacional para o aproveitamento dos recursos energéticos alternativos de que a nação dispõe nos campos geotérmicos, eólicos, nucleares e hidráulicos; e desenvolver vias e meios de transporte alternativos ao automóvel individual e às rodovias: trens, metrôs, trólebus. RF: Que futuro o Sr. prevê para a Venezuela e quais recomendações nos faria a partir de sua vasta experiência? CMP: Como sabemos, a Venezuela conta com imensos recursos naturais, e não é preciso insistir nisso. O que importa, sobretudo, é encontrar a maneira de nos livrarmos dessa condenação ao rentismo parasitário e construir uma
sociedade integralmente produtiva, autossustentada e centrada no desenvolvimento de sua população; e, igualmente, saldar a imensa dívida social que hoje nos aflige com a pobreza e a marginalidade de uma tão grande parcela da sociedade. Porém, trata-se de uma tarefa de magnitudes históricas, de longo prazo, que exige um programa bem pensado de políticas econômicas e sociais definidas como produto de uma vontade política firme, que fuja às tentações facilistas e que convoque a população venezuelana a construir um país sustentado no desenvolvimento de suas próprias forças produtivas. RF: Como se pode pensar a constituição de empresas mistas para a exploração petroleira no quadro do socialismo neste século XXI? CMP: As empresas mistas não são outra coisa que uma estrutura de associação empresarial cuja utilização deve ser avaliada no seu contexto específico. Nos tempos da abertura petroleira, empreendida pela meritocracia de fins do século passado, essas e outras associações foram empregadas para ampliar a participação do capital transnacional na indústria petroleira venezuelana, outorgando condições lesivas ao patrimônio nacional e reforçando nossa dependência em relação às maiores corporações. Sua utilização no contexto atual faz parte de uma política de diversificação das fontes de capital e de tecnologia estrangeira necessárias ao desenvolvimento de atividades complexas e com altos níveis de investimento, como é evidentemente o caso das melhorias para processamento dos óleos crus extrapesados da Faixa do Orinoco. Em conclusão, o caráter útil ou perverso das empresas mistas dependerá dos fins para os quais elas serão empregadas ─ tal como um machado pode ser empregado para fins agrícolas ou fins criminosos.

RF: A exploração da Faixa do Orinoco é concordante com a tese do socialismo no século XXI?

CMP: Do mesmo modo que na resposta anterior, digo que os recursos podem ser utilizados para fins opostos. Neste caso, trata-se precisamente da orientação que se queira dar a uma atividade econômica que possa servir de alicerce à construção de uma Venezuela mais justa e humana, soberana e senhora de seu destino, ou então transformar-nos em simples apêndice do grande capital transnacional. Os 21 países que aparecem envolvidos nos projetos atuais da Faixa do Orinoco contrastam com as corporações quase exclusivamente anglo-norte-americanas que participavam dos projetos da meritocracia defensora da abertura petroleira.

RF: Qual sua opinião sobre a política posta em prática pela Nova PDVSA relativamente a sair dos ativos refinadores no exterior (como nos casos da Ruhr Oel, na Alemanha, e Citgo, nos Estados Unidos)?

CMP: Desde 1994, eu venho denunciando publicamente o fiasco que tem sido o programa de compras de refinarias obsoletas e dilapidadas adotado pela meritocracia petroleira em 1989. Essas refinarias constituem um peso morto que vamos arrastando desde então, e mesmo quando há vontade política de abandonar um negócio tão ruim, isto não tem sido possível completamente, porque ninguém quer assumir os custos que o país suporta para manter essas instalações. Cito em seguida um texto escrito justamente em 1994, sobre o programa de aquisição de refinarias no exterior ─ a "internacionalização", como foi chamada:
"Desde o início, [a "internacionalização"] apresenta-se como uma estratégia competitiva, para assegurar mercados aos óleos crus venezuelanos, como uma alternativa diante de um possível e pretendido colapso da OPEP. Uma estratégia voltada para o cliente desenvolvido, que liberte uma empresa ─ que se sente de Primeiro Mundo ─ das amarras terceiro-mundistas que aquela organização encarna. Igualmente, e como se evidencia no delineamento transcrito, propôs-se que possuir refinarias no exterior permitiria a adaptação delas ─ por via de conversão profunda ─ ao processamento dos óleos crus cada vez mais pesados que constituem as reservas remanescentes do país. De fato, afirmou-se que esse era um dos compromissos que sustentavam o convênio com a Veba Oel. Hoje, contudo, sabe-se que nada foi feito nesse sentido, pois não houve variação da gravidade API da dieta de tais refinarias e, o que é pior,
nada será feito, porque o sócio estrangeiro considera inviáveis tais empreendimentos em condições de superabundância de óleos crus leves no mercado".
(El poder petrolero y la economía venezolana. CMP, 1994)
Ainda hoje, as compras de óleo cru e produtos não venezuelanos no exterior constituem o item majoritário dos custos operacionais totais da PDVSA, representando assim uma hemorragia nas receitas que a indústria deveria gerar se não houvesse esse empecilho.

lunes, 25 de enero de 2010

DOCUMENTOS DEL BLOG Artículo de Ernesto Villegas en Aporrea

Contra la Corriente

Brasil planeó invadir Venezuela
para controlar la Faja

Por: Ernesto Villegas Poljak

Fecha de publicación: 05/09/08
Aporrea.org


Hace ya tres semanas que dedicamos este espacio al tema de la Faja del Orinoco y nos permitimos cerrar la saga con las líneas -sin desperdicio- que nos envía Carlos Mendoza Potellá a propósito de los cambios de apellido (un día “bituminosa”, otro “petrolífera”) que ha experimentado esa oceánica reserva de hidrocarburo, cuyos negros contenidos –¿quién lo duda?- son a las potencias consumidoras lo que la cocaína a un adicto con síndrome de abstinencia.

Mendoza Potellá es economista, profesor de Economía Petrolera y asesor de la presidencia del Banco Central de Venezuela. Fue director de Pdvsa en los tiempos convulsos del 2002 y luego embajador en Rusia.

El hombre tiene in pectore un libro sobre el tema. Veamos qué dice:

“Apreciado Ernesto: Acabo de leer tu columna y no resistí la tentación de escribirte para discutir las afirmaciones que hacen algunos de tus informantes sobre cuál fue el primer nombre de la Faja y los supuestos vínculos de ese cambio de nombre con la Orimulsión.

Desde los años 30, los geólogos norteamericanos que perforaban en la formación Oficina (Sur de Anzoátegui, recuerda Oficina No .1) detectaron lo que para ellos era una ‘curiosidad’.

Sus reportes anotaban algo así como esto: ‘...perforando en la Formación Oficina se atraviesa un tar belt...’. (claro, toda la frase en inglés).

Si buscas en el diccionario de Google, encontrarás que la única acepción de la palabra tar es "alquitran". Los geólogos citados estarían hablando entonces de un cinturón de alquitran. O de una faja de alquitrán. En aquellos años 30 nadie estaba pensando en centipoises y diferenciando "pegoste" de crudo extrapesado pero fluyente, así que no tiene nada de extraño que se hiciera una traducción más elegante, de faja de alquitrán a faja bituminosa. Y así fue conocida desde entonces.

Así se tratara de crudos extrapesados o de bitúmenes, para las compañías petroleras de entonces la tal Faja constituía simplemente una curiosidad geológica, sin importancia para su negocio, que se limitaba a los crudos livianos. Tan curiosa, como los esquistos bituminosos de Colorado o las arenas bituminosas de Athabasca”.

El plan “Cahla Norte” y la visita de Akins

“El cambio de nombre se produce en otras circunstancias y no tiene que ver con la Orimulsión, porque no existía todavía. Se remonta a los tiempos de Nixon, Caldera I y la dictadura de los militares brasileños, desde Castello Branco hasta Ernesto Geisel, protagonistas de las circunstancias que te narraré a continuación.

A comienzos de los años 70, cuando se hablaba intensamente de una ‘crisis energética’, los geoestrategas norteamericanos habían identificado como únicos petróleos restantes en cantidades considerables, después del inminente agotamiento de los crudos livianos y medianos -previsto para una fecha entre 1995 y 2010-, a las arenas bituminosas de Athabasca y la Faja Bituminosa del Orinoco.( Los esquistos de Colorado no eran, ni son hoy, factibles).

A partir de esa constatación, comenzaron a proliferar estudios de varios Comités del Congreso estadounidense donde se evaluaba la capacidad y la voluntad de los venezolanos para poner a disposición del mundo (vale decir, de EEUU) esos inmensos recursos.

Conocedores de estos estudios, los también estrategas de la dictadura militar brasileña, teniendo en cuenta el fervor nacionalista que bullía entonces entre los venezolanos y honrando los compromisos asumidos al considerarse a sí mismos como el ‘subimperialismo’, diseñaron un plan para garantizar que la explotación de la Faja se iniciara ‘on time’. El ‘Plan Cahla Norte’ (Cuña Norte) promovido por el entonces presidente de Petrobras y luego Presidente del Brasil, Ernesto Geisel, contemplaba la ‘toma’ por Brasil de todo el sur de Venezuela hasta la mitad del Estado Anzoátegui.

Este Plan, difundido entre los círculos del poder venezolano, aflojó muchos esfínteres y motivó muchas declaraciones sobre la buena voluntad venezolana de continuar siendo un suministrador confiable. No por casualidad, el presidente Caldera recibió la visita de James Akins, para a época ‘zar energético’ de Nixon.

Después de las seguridades que se le dieron aparecieron otros estudios de Comités de Congreso norteamericano en los que se afirmaba enfáticamente que ‘los venezolanos sí están dispuestos a explotar la Faja’.

Una de esas muestras de disposición lo constituyó, precisamente, el cambio de nombre ordenado por el Gobierno: la Faja Bituminosa sería, a partir de ahora, petrolífera.

Juan Pablo Pérez Alfonzo alzó su airada voz de protesta, denunciando que se estaba poniendo sobre el mostrador algo que ha debido reservarse para las generaciones futuras. Pero la contención del excesivo nacionalismo y el conservacionismo fue una de las promesas de los dirigentes venezolanos que llevó James Akins a Richard Nixon.

Así pues, nada tuvieron que ver los centipoises, ni la Orimulsión.

Se trata, como muchas veces sucede de un anacronismo utilizado para jusitificar determinadas posiciones en un debate que debe ser conducido con mayor seriedad. (Me hace recordar a Pedro Picapiedras, un troglodita que disfruta del american way of life).

Recibe mis atentos saludos.
Carlos Mendoza Potellá”.

miércoles, 13 de enero de 2010

Recensión Oral en la Academia Nacional de Ciencias Económicas

El Dr. Asdrúbal Baptista, Presidente para el momento de la Academia Nacional de Ciencias Económicas me honró con una invitación a participar en una recensión oral sobre el libro “Venezuela Destino Incierto. Para comprender lo que pasa hoy en el país”, del Dr. José Mendoza Angulo. Para cumplir con esa convocatoria escribí el texto que reproduzco en las siguientes páginas y que leí en la sede de esa Academia el 27 de junio de 2007.


En Octubre de 2008, la Academia Nacional de Ciencias Económicas publicó el Número 2-2008 de su serie “Recensiones Orales”, dedicado al evento en el cual me correspondió participar. Para mi sorpresa, junto a las pertinentes intervenciones de los otros dos comentaristas, se inserta un texto mío, escrito el 25 de abril de 2007, que no tiene ninguna relación con la obra del Dr. Mendoza Angulo, tal como lo reconoce el propio autor en nota al pié de la página 30 de la mencionada publicación, que transcribo textualmente:

“Los comentarios que siguen a continuación están referidos a la recensión sobre mi libro Venezuela Destino Incierto, hecha por el doctor Carlos Mendoza Pottellá en escrito de fecha 25 de junio de 20007consignado por él en la Academia Nacional de Ciencias Económicas y que los directivos de esta Corporación me hicieron llegar para la discusión que tuvo lugar, en la sede de la Academia, el 27 de junio de 2007. Obviamente, los comentarios que aquí hago no tienen nada que ver con el texto que suscribe el doctor Mendoza Pottellá en la presente publicación, escrito el 25 de abril de 2007 y que no aluden al libro escrito por mí.”

Resulta para mí evidente que los editores consideraron inconveniente la publicación de mi intervención, tal vez poco académica, políticamente “incorrecta”, demasiado autobiográfica o demasiado ruda para ciertas sensibilidades.

Lo cierto del caso es que aparezco en una publicación de la Academia Nacional de Ciencias Económicas suscribiendo un texto absolutamente impertinente respecto a la Recensión de que se trata y, por lo tanto, expuesto a la consideración pública como un irresponsable.

Más de dos años después, habiendo eludido hacer reclamaciones públicas sobre ese desaguisado, publico ahora mi participación real en esa “recensión oral”, en este blog, dedicado a temas petroleros. De cualquier manera, no son tan distantes de los temas referidos al destino político del país, sino todo lo contrario.

Carlos Mendoza Pottellá
12 de Enero de 2010


Disquisiciones a partir del libro
“Venezuela: Destino Incierto”
de José Mendoza Angulo

Carlos Mendoza Pottellá
Academia Nacional de Ciencias Económicas
27 de junio de 2007.



El Dr. José Mendoza Angulo nos ofrece un “resumen de inquietudes” para “averiguar, junto con otras personas, conocidas o desconocidas, lo que tenemos que hacer ‘para comprender lo que pasa hoy en Venezuela”. De acuerdo con ese espíritu, entregamos estos comentarios preliminares de lo que podría ser un debate intenso entre visiones polares sobre un mismo proceso.

El autor realiza una enjundiosa y documentada reseña histórica de la evolución político partidista dentro del sistema de gobierno surgido a raíz del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, destacando un supuesto proceso de descomposición de ese sistema, cuyas primeras señales se expresarían en la temprana recuperación de la imagen pública de aquél dictador y culminarían con el triunfo de la “antipolítica” encarnada en Hugo Chávez Frías.

En esa presentación de lo político partidista, de lo superestructural, como eje en torno al cual gira la evolución de la sociedad venezolana, con minimización o referencia de bajo nivel a los factores que se encuentran en la base, en los fundamentos de los procesos socioeconómicos, reside un sesgo que debilita la capacidad explicativa, comprensiva, de la exposición que comentamos. Más adelante haremos referencia específica a este aspecto de nuestra crítica.

Por ahora, y quedándonos en el nivel superestructural que se nos plantea, creo pertinente decir que el enfoque del Dr. Mendoza Angulo se fundamenta, en mi opinión, en una caracterización idílica del régimen surgido en 1958 y el bloque de poder que se constituyó en el Pacto de Punto Fijo, como una democracia basada en la preeminencia de los partidos políticos: “La lozanía y fuerza de la democracia venezolana y del sistema de partidos se expresó durante los quince años siguientes a la caída de la dictadura…”

Por el contrario, comparto la opinión expresada por diversos autores en el sentido de que el régimen surgido en 1958-59 fue el producto de una minuciosa negociación con los factores reales de poder: el gran capital petrolero y el gobierno de los Estados Unidos de América. Esa democracia partidista se desarrolla desde un principio, tutelada por esos factores de poder. Y ello, en tiempos de álgida guerra fría y a partir de la experiencia de un hombre como Rómulo Betancourt, quien ya había padecido en carne propia –entre 1945 y 1948- los latigazos que merecían en ese contexto todos aquellos de quienes se sospechara una cierta afinidad con el comunismo o con visiones excesivamente nacionalistas, socializantes, moderadas o no.

Mucho se ha escrito sobre el carácter petrolero del golpe de Estado de 1948 y hace algunos años fueron publicados en la prensa venezolana documentos del Departamento de Estado norteamericano, hasta entonces secretos, que confirman parcialmente esa apreciación. (Mendoza Pottellá, “De las concesiones a los contratos…” 1985. Texto Inédito).

“Segregar y aislar a los comunistas” fue la principal consigna-promesa betancouriana para obtener un seguro de vida expedido por la gran potencia del norte.

Reprimir y dividir al movimiento obrero, contener dentro del propio seno del partido de gobierno a las tendencias auténticamente nacionalistas, como la representada por Juan Pablo Pérez Alfonzo y a los sectores de izquierda o de centro que luego se desprenderían, con el MIR, el grupo ARS y el MEP, fueron elementos característicos primigenios de esta sui-géneris democracia tutelada por el gran capital petrolero internacional y el gobierno de los Estados Unidos.

El olvido de estas circunstancias permite presentar los conflictos internos provocados desde la izquierda y la derecha como “atentados” contra un régimen que si no es perfecto, se encuentra en la búsqueda de esa perfección: la democracia. Y cuando se habla de la decadencia de ese sistema, se achacan las culpas a deficiencias de sus dirigentes:

“De haber existido en Venezuela un liderazgo alerta en lo político, responsable en lo económico y elementalmente sensible en lo social, bien informado y bien formado, moderno y culto…” De esta suerte, han sido deficiencias éticas, culturales, educativas, las que condujeron a “la democracia” a su colapso institucional.

Cuando se observa esta descripción ingenuamente neutral de “la democracia”, de sus supuestos valores intrínsecos y universalmente válidos no se puede menos que pensar en el tipo de democracia en nombre de la cual se encuentran los Estados Unidos en Irak y Afganistán, o las que implantaron en la Guatemala de Jacobo Arbenz y en el Chile de Salvador Allende.

Sin embargo, esta democracia es la misma que supuestamente surge de un “derrumbamiento de la internacional de las espadas en el continente americano”, mención que presupone que las dictaduras latinoamericanas fueron un fenómeno autóctono, una cierta moda coordinada, surgida autónomamente en el seno de nuestros países. Algo así como una pasajera varicela de la que todos nos recuperamos en su momento y comenzamos a disfrutar de la moda democrática, un tanto empañada por la aparición de “anacrónicos” movimientos guerrilleros inspirados en la gesta de la Sierra Maestra.

Nuevamente nos encontramos con una visión de lo político aislada dentro de los márgenes de lo estrictamente politológico. Tal es la que el propio autor define como su tesis central: “la motivación esencial del proyecto democrático era de naturaleza puramente política”. Y para demostrarlo recomienda, a mi manera de ver con candidez, nada menos que la lectura del texto del “Pacto de Punto Fijo”, pacto de gobernabilidad que, como ya dijimos, concretó el compromiso de “los grandes partidos” con los poderes económicos nacionales y extranjeros, con las grandes corporaciones petroleras anglonorteamericanas y la burguesía criolla desarrollada bajo su manto, para contener cualquier avance de fuerzas nacionalistas en materia petrolera o reivindicadoras radicales de una justicia social cuya inexistencia todavía hoy clama al cielo en un país con las riquezas naturales de Venezuela.

Esa tesis central, que olvida el carácter eufemístico de un texto diseñado exclusivamente para esconder las verdaderas motivaciones de sus suscriptores, es la que permite que casi desaparezcan de la explicación de esos procesos la acción de aquéllos a los que el propio autor alude como los “factores reales de poder”. Estos aparecen descritos más bien como ángeles tutelares que santifican el buen comportamiento de nuestros demócratas.

Los postulados no expresos, pero esenciales, de ese texto, se cumplieron a pie juntillas.

Para sustentar mis afirmaciones me permitiré traer a colación un ejemplo paradigmático de ese cumplimiento, el cual servirá, de paso, para discutir la tesis de que todos los políticos y especialistas desestimaron las tendencias a la entropía que se podían observar en la evolución de la economía: nos referimos a la frustración del “Pentágono Petrolero” de Juan Pablo Pérez Alfonzo.

Consciente de los límites políticos a los cuales se enfrentaba, en ese “pentágono de acción”, Pérez Alfonzo diseñó un programa de política petrolera nacionalista que trató de aprovechar todos los espacios que dejaban esos límites. Precisamente uno de los aspectos percibidos por él y sobre los cuales fundamentó sus propuestas fue lo que denominó “la caída tendencial de la capacidad generadora de excedentes de la explotación petrolera”. Tendencia en la que identificaba no sólo elementos intrínsecos a la propia industria, derivados de la sobre-explotación de los yacimientos y la caída constante de la relación reservas-producción, sino también al creciente envilecimiento de los precios y la consecuente caída de la participación fiscal. Este último aspecto, por cierto, fue el motivador de su propuesta, quinto ángulo del pentágono, de constituir una organización internacional para la defensa conjunta, entre los principales países subdesarrollados y exportadores netos de petróleo, de ese parámetro esencial para garantizar una justa participación nacional en la liquidación de un patrimonio extinguible: la OPEP.

Pero dentro de mi línea argumental quiero llamar la atención sobre otros aspectos relevantes de dicho “Pentágono” que fueron anulados, pervertidos, por el cumplimiento estricto de los compromisos adquiridos por el gobierno de Betancourt dentro del Pacto de Punto Fijo. Me refiero a la CVP y al principio, que Pérez Alfonzo logró hacer constitucional, de no otorgar nuevas concesiones. Para demostrar este aserto voy simplemente a transcribir mi propia exposición de 1983-85 que vengo citando:

Los Ángulos tercero y cuarto del "pentágono", CVP - No más concesiones, constituyen, como ya dijimos, el binomio de futuro, las bases de una política de desarrollo alternativo de la industria en vías hacia el control estatal de la misma. No más concesiones era el principio normativo y la CVP el instrumento para garantizar su ejecución. Con el primero se ponía fecha fija para el término de las relaciones concesionarias y con el desarrollo de la segunda se sentaban las bases para ir asumiendo, paulatinamente y en todas sus fases, posiciones determinantes en el negocio. Por lo demás, la CVP serviría como elemento de contrastación, a los efectos de mejorar la fiscalización y el control sobre las actividades de los concesionarios en función de la política de participación razonable. 2 Mendoza Pottellá, loc. Cit.

"Como reacción a esta competencia (la creación de la Corporación Venezolana del Petróleo) y a la política del Gobierno opuesta a la adjudicación de concesiones, en el año 1960 la industria del petróleo redujo sus operaciones en Venezuela…" 81 (81 Salvador de la Plaza, La Economía Minera..., Pág. 52.
También al igual que en 1948, esas presiones lograron anular la política de Pérez Alfonzo, aunque esta vez no fuera por la vía del golpe de Estado, sino a través del sabotaje consciente desde las propias esferas oficiales que llevaron al Ministro a retirarse a su casa de Los Chorros, desde donde despachaba, a manera de protesta silenciosa, sin renunciar al cargo, pero sabiéndose desautorizado.

Así, su política fue desnaturalizada por el propio gobierno del que era Ministro. En repetidas oportunidades el Presidente Betancourt se curó en salud ante los concesionarios y sus mentores al hacer referencia a los limitados fines de la CVP y el carácter flexible de la política de no más concesiones:

"Esta empresa no viene a competir con las empresas privadas. La misma modestia del capital de trabajo que le hemos asignado, indica cómo son de limitados sus fines y objetivos; pero la Corporación Venezolana del Petróleo debe ser y será el vehículo de que se valga el Estado para otorgar, ya no concesiones sino contratos de servicio y otras fórmulas de arreglo, que hay muchas y muchas se están utilizando en varios países petroleros, para desarrollar la explotación y producción de aceite negro en el país." (29-5-61) Mendoza Pottellá, loc. Cit.

"No hemos otorgado concesiones porque las muy ricas que quedan, bien ubicadas, en el centro y en las riberas del Lago de Maracaibo, estamos seguros que van a ser exploradas y explotadas mediante contratos de servicio." (29-6-63)83 (83 Rómulo Betancourt, citado por Sáder Pérez en Petróleo Polémico y Otros Temas, Págs. 12 y 13.) Mendoza Pottellá, loc. Cit.

Creo que las palabras de Betancourt son lo suficientemente explícitas para demostrar lo que hemos venido argumentando, sobre el carácter profundamente estructural y no meramente político, del Pacto de Punto Fijo.

De tal suerte que, a diferencia de lo sustentado por el distinguido autor cuyo libro comentamos, no creo que en esos años, y hasta 1998, hayamos asistido a la descomposición y derrumbe de “la democracia de partidos”, sino al de un régimen, convenientemente ubicado dentro del “mundo libre” de aquellos años de guerra fría, que utilizó a esa democracia como mascarón de proa de un sistema dentro del cual se garantizó la pervivencia de relaciones de dependencia neocolonial, fincadas en una explotación petrolera ampliamente beneficiosa para el gran capital petrolero internacional.

Debo aclarar, sin embargo, que valoro muy positivamente el esfuerzo hecho por el autor en el recuento histórico minucioso y el análisis específico de la crisis del sistema partidista que constituyó la superestructura del régimen puntofijista. Mi desacuerdo se constriñe a que esa crisis es apenas una parte, y no precisamente la fundamental, del proceso vivido por Venezuela durante los 40 años de vigencia de ese régimen. Como dije al principio, del análisis detallado de la obra in comento, podrían hacerse múltiples enfoques generadores de una polémica enriquecedora, pero los límites de esta recensión me obligan a restringir mis comentarios sólo a lo que consideré medular dentro de sus planteamientos.

Y es colocado en esta perspectiva que abordaré, de seguidas, las formulaciones analíticas del Dr. Mendoza Angulo sobre el régimen que comienza a surgir en Venezuela a partir de 1999.

En primer lugar, debo aclarar que afrontar esta discusión es un reto bastante serio y conflictivo para mí, como funcionario de una institución pública, razón por la cual debo dejar expresa la circunstancia de que mis opiniones sólo me comprometen a mi mismo.

Además, y para ser honestos, debo decir que milito –con todo el sentido de compromiso de esa palabra- dentro de uno de los bandos en pugna en el espectro político contemporáneo desde hace casi cinco décadas.

Como anatematiza nuestro autor, soy uno de esos miembros de “sectores minoritarios del profesorado, de empleados y estudiantes universitarios que anduvieron siempre orbitando alrededor de las iniciativas políticas más estridentes y descabelladas.”

Para confirmar esa percepción, y en aras de ubicar cabalmente la génesis de mi particular posición política y de las opiniones que sustento en esta recensión, con todo el respeto a mis interlocutores y por ser una trayectoria personal bastante anónima, debo hacer una digresión autobiográfica.

Desde finales de 1957, a los 15 años y de manera un tanto fortuita para un alumno salesiano, practicante de la comunión los 9 primeros viernes y del activismo católico antiprotestante, me vinculé a la Juventud Comunista de Venezuela. En 1962 me incorporé a las guerrillas del Estado Lara, donde fui capturado y posteriormente condenado a 25 años de prisión. Cinco años y medio después fui exiliado. Residí entonces, por dos años, en Moscú, en la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de la Unión Soviética. A mi regreso en 1969, marcado por los acontecimientos de Checoeslovaquia y bastante decepcionado del régimen soviético que me acogió, participé en el proceso que dio lugar al nacimiento del Movimiento al Socialismo, en el cual milité hasta 1986. Desde 1971 y hasta su muerte en 1979, estuve estrechamente vinculado al Dr. Juan Pablo Pérez Alfonzo, como asistente y productor de sus ruedas de prensa, editor del libro “Hundiéndonos en el Excremento del Diablo” y redactor del quincenario “Prensa Petrolera”, que difundía sus ideas sobre la materia. Todo ello explica en gran parte mi desviación profesional petrolera. Concomitantemente, a partir de 1972, y bajo la tutela del Dr. Francisco Mieres, comienza mi carrera académica en el Postgrado Petrolero de la UCV, hasta mi jubilación en el año 2000.

Durante todo ese recorrido participé siempre en la búsqueda de alternativas al régimen puntofijista que cundía a Venezuela de miseria y desigualdad en nombre del progreso capitalista. Mi militancia en el nacionalismo petrolero, por ejemplo, fue siempre radical, al punto de determinar mi ruptura con el MAS, partido encandilado por las políticas aperturistas y la “eficiencia” de una PDVSA convertida en Estado dentro del Estado, empresa globalizada de magnitud mundial y preparada para abrir su capital accionario al gran capital mundial, pero limitada por las restricciones que le imponía el “excesivo nacionalismo” que todavía pervivía en la “atrasada” opinión pública venezolana.

En estos últimos 8 años he sido embajador en Arabia Saudita y Rusia, director de PDVSA durante menos de dos meses, durante los cuales, la presencia del Dr. Gastón Parra Luzardo y mía en esa Directiva fue uno de los catalizadores del golpe de Estado de abril de 2002. Hoy en día, me desempeño como asesor petrolero de la Presidencia del BCV.

Podrá entenderse, entonces, que no puedo compartir una visión que presenta al actual proceso político que se vive en Venezuela como surgido exclusivamente de la conspiración militar. Aunque no desconozco el papel preponderante que esos militares, encabezados por Hugo Chávez, con su carisma, su liderazgo y su desmesurada vocación de poder, están jugando, debo decir que ellos se insertaron oportunamente en un movimiento que tiene una génesis mucho más antigua y que tiene que ver con todos los fallidos intentos de los sectores radicales y de izquierda para promover cambios estructurales en el seno de la sociedad venezolana.

Con todo y encontrarnos hoy con una izquierda socialista fracasada, desilusionada y en muchos casos pendulando hacia posiciones derechistas, estando hoy en día en plena era postsoviética, después del colapso del perverso “socialismo” stalinista y de sus posteriores maquillajes, nada de ello es suficiente para anular la extraordinaria fuerza del mensaje reivindicador y justiciero del socialismo a secas, del que se comenzó a prefigurar desde los tiempos de Santo Tomás Moro y de los seguidores que por siglos intentaron hacer realidad su Utopía, desde la Comuna de París y los obreros y campesinos de la Revolución de Octubre y hasta el idealismo desenfrenado del Ché Guevara. Toda esa gesta trágica y frustrada, todos esos sueños irrealizables por los que murieron cientos de millones de seres humanos, siguen teniendo vigencia en el imaginario de millones de excluidos en el convulsionado y globalizado mundo de nuestros días.

Y ello, a pesar de las continuas e interesadas referencias a la caída del muro de Berlín como expresión del definitivo fin del sueño socialista.

No, el camino no es el del capitalismo salvaje, mafioso y profundamente inhumano que se ha instaurado en la Rusia contemporánea, donde se han desmontado todas las conquistas sociales alcanzadas durante la era soviética, teniendo como resultado que las expectativas de vida de la población disminuyen cada año en una proporción tal que, al registrar su evolución a partir de 1989, el Presidente Putin pronosticó, en 2003, que de no modificarse esa tendencia, la población rusa habrá disminuido en 20 millones para el año 2020.

Y tampoco lo es el capitalismo, todavía peor que el ruso, que se desarrolla bajo la tutela del Partido Comunista Chino y de las mayores corporaciones internacionales, donde imperan las más injustas condiciones de explotación de la mano obra del mundo contemporáneo, para garantizar tasas de crecimiento de esa economía superiores al 10% anual.

Esos miserables triunfos del capitalismo globalizado sobre el viejo “socialismo real” no constituyen una alternativa viable ni deseable desde el punto de vista de la redención social de grandes masas de seres humanos colocados al margen del “progreso” y el disfrute de las mieles de “la democracia” globalizada.

La globalización que promueven los “neocons” norteamericanos, el nuevo Siglo Americano, el Consenso de Washington, y los “maravillosos” ajustes estructurales de corte neoliberal promovidos por el FMI y el Banco Mundial han fracasado en toda la línea, tanto en Venezuela como en otros países latinoamericanos. En Chile, Brasil, México y Perú, para poner ejemplos característicos, han empeorado los índices de pobreza y exclusión. Nuevamente, las tasas de crecimiento económico se materializan sobre las espaldas de los desposeídos, de los sin tierra, de los piqueteros. El capitalismo avanza sobre los escombros del keynesianismo, de las terceras vías, con la liquidación de los socializantes regímenes de seguridad social, hacia sociedades cada día menos solidarias, más individualistas y más competitivas.

Por todo ello, no se puede considerar como deleznable o repudiable el hecho de que los hambrientos de justicia en Venezuela se hayan constituido en “…la base popular que sostiene a la V República”, la cual, “socialmente hablando no tiene una estructura definida”. Precisamente el ligamento estructural de esa base popular es su condición de excluidos, de marginados. Siempre es feo el rostro de la miseria, de la ignorancia y de la enfermedad, pero ello no obsta para que esas inmensas masas separadas del disfrute de los portentosos ritmos de crecimiento del Producto Interno Bruto puedan identificarse con un líder carismático que se les presenta, hablando en su idioma y convocándolos –por primera vez en toda la historia venezolana- a participar en el diseño y estructuración de un nuevo país.

Desde luego, las reivindicaciones de los excluidos pueden llegar a convertirse en una amenaza para los privilegios de los “incluidos”, de su paz particular y de los rumbos de progreso y constante ascenso social que han disfrutado hasta ahora. Ese mundo idílico en el que hasta ahora ha vivido, como lo reconoce el propio Dr. Mendoza Angulo, una porción menor al 20% de la población venezolana, puede, en nombre de una mayor justicia distributiva, verse afectado seriamente. Es por ello que hoy presenciamos el desproporcionado enfrentamiento entre las descamisadas “hordas chavistas” y las rubias y elegantes concentraciones de la “sociedad civil”. Entre masas de ignorantes idólatras de su líder carismático y elocuentes estudiantes universitarios.

Releyendo las estremecedoras cifras resultantes de las investigaciones del Dr. Hernán Méndez Castellanos, citado por el Dr. Mendoza Angulo, se puede llegar apercibir el abismo que fractura a la población venezolana. Ese abismo preexiste al proceso político contemporáneo y, más bien, forma parte de su caldo de cultivo, de su motivación iracunda.

Si se olvidan estas circunstancias, nos encontraríamos, una vez más, ante un enfoque estrechamente politológico, una visión parcial, insuficiente para evaluar al proceso lleno de complejidades socioeconómicas con el que nos enfrentamos.

Creo que no tenemos suficiente perspectiva histórica para evaluar el actual régimen. Pueden discutirse las categorías que adelanta el Dr. Mendoza Angulo para caracterizarlo: Democrático, militarista, revolucionario, izquierdista, nacionalista, paternalista-populista y bonapartista. Pudiéramos estar de acuerdo o no con cada uno de esos rasgos caracterológicos, pero ello no agotaría la discusión, que se nutre cada día con el afloramiento de iniciativas inéditas que, por ejemplo, acentúan el rasgo revolucionario, al avanzar en la liquidación de las viejas estructuras y en el nacimiento de novísimas instancias de poder, en el acentuamiento del centralismo y de la verticalidad del poder, etc.

Creo, sin embargo, que si es un momento propicio para adelantar esta discusión y para no hacer, como siempre, el recuento de lo que ya pasó, de lo pudo haber sido y terminó en frustración. La verdadera utilidad de este debate al que nos convocan la Academia Nacional de Ciencias Económicas y el Dr. José Mendoza Angulo reside en la posibilidad de definir mejor los rasgos de la realidad que confrontamos, para insertarnos en ella con reales posibilidades de incidir en los procesos en desarrollo en un sentido positivo. Desde mi particular punto de vista, para reforzar los rasgos democráticos, socialistas, revolucionarios, izquierdistas y nacionalistas (que a mi manera de ver no son, como refiere nuestro autor, contradictorios) y para combatir las tendencias autoritarias, excluyentes, caudillescas, militaristas y antidemocráticas.

Desde mi punto de vista, el gran peligro del reforzamiento de las señaladas tendencias negativas es que ellas nos conduzcan a una nueva gran frustración y, en consecuencia, a un reflujo pendular hacia las posiciones más retrógradas del espectro político contemporáneo.

Sin embargo, creo que la búsqueda de la justicia y del mejor de los mundos posibles, siempre seguirá siendo una utopía, pero siempre tendrá partidarios un poco ciegos y un poco tontos que lo intentarán una y otra vez, a la manera de Sísifo.

Caracas, 25 de Junio de 2007